Un mayor conocimiento de las características genéticas de las plantas, es muy útil a la hora de resolver problemas del sector hortofrutícola.

El desarrollo de nuevas variedades conlleva la aparición de nuevos individuos mejor adaptados a las necesidades del mercado, a la lucha contra plagas o a condiciones climáticas poco favorables, entre otros.

Por el momento la mejora genética se sigue desarrollando de la manera tradicional: el hombre selecciona las plantas que le ofrecen más ventajas (mejores frutos, mayor crecimiento, mayor resistencia a enfermedades, etc.), y realiza cruzamientos selectivos entre esas variedades para obtener descendencia con mejores rendimientos.

Puede realizar cruzamientos no solo entre diferentes variedades de una misma especie, sino también interespecíficos (entre especies) e inclusive intergenéricos (entre diferentes géneros). Estos cruzamientos generan híbridos: mezcla entre dos especies o géneros diferentes pero sexualmente compatibles que da como resultado una descendencia cuya combinación de genes será al azar, diferentes de los progenitores. Esta técnica es una de la que más ha contribuido a la diversidad, a lo largo de la historia.

Resultado de ese esfuerzo es, por ejemplo, el trigo, cuyas variantes originales Einkorn y Spelt, muy antiguas, se cruzaron para obtener el Emmer, un grano más grande, pero poco resistente al ambiente, por lo que se mezcló a su vez con el Goat Grass, mucho más resistente, con lo que se obtuvo el trigo con que hoy se fabrica el pan. Esta variedad tiene el triple de cromosomas que su ancestro inicial.

Cabe decir que el ser humano lleva miles de siglos modificando la genética de los alimentos: una nectarina no es otra cosa que un melocotón mutado, hay variedades de uva sin pepita que se han conseguido a base de cruces selectivos, lo mismo que las naranjas que se producen fuera de su temporada tradicional.

La ingeniería genética permite acelerar esos procesos pero a día de hoy no está detrás de las variedades que llegan al consumidor, aunque sí permite ahorrar mucho tiempo y dinero. El avance de las técnicas de ingeniería genética permiten, por ejemplo, determinar qué variedades van a ser más productivas o más resistentes a enfermedades, aunque a la hora de producirlas a gran escala se continúa haciendo del modo clásico.

Por el momento los organismos que velan por la seguridad alimentaria no han dado el visto bueno a la comercialización de productos modificados genéticamente en laboratorio.